Puesta de sol en Mykonos, con mascotas

Petros, uno de los pelicanos de Myconos

Anteriormente contaba sobre la sobrecogedora experiencia de estar al atardecer en Mykonos, junto al mar en la explanada principal de la ciudad, donde se encuentra la pequeña Venecia, los molinos de viento, los cruceros en la bahía, los restaurantes típicos y… los pelicanos, mascotas de la isla.

Estos “bichos” son realmente hermosos, de casi un metro de altura, plumas blancas jaspeadas de distintos tonos de rosa, largas y gruesas patas que terminan en garras que realmente dan miedo, y un pico majestuoso e inmenso de color entre anaranjado y rojizo, curvado, muy duro y que también impone mucho respeto. Estos pelicanos están tan acostumbrados a la gente, que caminan entre las personas como si fueran niños, se dejan fotografiar y filmar como si se tratase de estrellas de cine, y hasta creo que si pudieran ser entendidos darían reportajes.

No se asustan por nada del mundo, y parecen divertirse más ellos con los seres humanos que a la inversa.

El tema es que siempre he tenido suerte con los animales, que parecen encariñarse conmigo y seguirme a todas partes, y aquí es cuando mi esposo pide que deje expresamente aclarado que él no pertenece a ese grupo del reino animal, y es la excepción que confirma la regla (de los animales, por supuesto).

No bien uno de los pelicanos se acercó a mí, casi me obligó a darle una de las galletas que llevaba conmigo, y ese fue mi mayor error del día. No hubo forma de conseguir que dejara de caminar tras de mí emitiendo un sonido como de súplica por más galletas.

La gente comenzó a sonreír primero y luego a reírse abiertamente, y seguramente estará mi imagen junto a la del confianzudo bicho dando vueltas por decenas de fotografías en todo el mundo.

Mi esposo no podía o no quería hacer nada, en parte porque su ataque de risa ya estaba logrando que se asfixiara, y además seguramente calculaba cuánto se encarecería la cuenta del restaurante cuando hubiese que pagar la consumición del pelicano, que parecía haber decidido ir a cenar con nosotros.

Lo cierto es que los milagros existen, y una pequeña niña se cruzó delante de mí con galletas en su mano, y allí fue cuando el animal decidió cambiar de rumbo y comenzar a caminar detrás de la niña.

Me había liberado de mi curioso y fiel perseguidor. El hermoso paseo podía continuar tranquilamente por esos maravillosos parajes.

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