Las Moiras, diosas del Destino

Moiras

Los antiguos griegos creían firmemente que la existencia humana estaba regida por las Moiras, tres temibles hermanas nacidas de la gran diosa de la Necesidad, contra la cual nada podía hacerse. Sus nombres eran Cloto, Láquesis y Atropos.

La imagen que se tenía de ellas daba auténtico pavor: feas y espantosas ancianas, vestidas con ropajes negros, deformes y lisiadas, una metáfora de lo cruel, impredecible, lento e inexorable que era el destino de los hombres, el cual decidían a su antojo.

Otra versión completamente distinta las representa como tres hermosa doncellas, de amable apariencia, plenamente dedicadas a su macabra misión: tejer la vida humana desde el nacimiento hasta la tumba. Su poder era tal, que hasta el mismísimo Zeus y su esposa Hera, dioses del Olimpo, las temían. Nadie, ni en el cielo ni en la tierra ni en el mar, escapaba a sus designios.

Entre las tres se repartían el trabajo: Cloto tiraba del hilo, que simbolizaba la vida, de su rueca, Láquesis lo iba midiendo, incorporando en él todas las vivencias, tanto buenas como malas y, por último, Atropos, la más terrible del grupo, se encargaba de poner fin a la existencia cortando el hilo con sus afiladas tijeras.

Las Moiras están presentes en muchas de las leyendas de la antigua Grecia. Tal vez la más popular sea la historia de Admeto, rey de Feras.

Cuando el dios Apolo acabó con la vida de los Cíclopes fue castigado a ofrecer sus servicios en la tierra a un mortal. Como el dios había oído hablar muy bien de Admeto, lo eligió como su amo. Fue tanta la amabilidad y el trato que recibió del rey, que Apolo, agradecido, hizo que sus rebaños de vacas se doblaran en número al utilizar su poder para cada una tuviera gemelos.

Pero no acabó ahí el agradecimiento del dios hacia su señor. Admeto se enamoró de Alcestes, hija del rey Pelías. Ante la avalancha de pretendientes, al rey no le quedó más opción que hacer pasar por una difícil prueba a todos, y así elegir al marido apropiado para su hija. El reto era conseguir atar a un carro un león y un jabalí. Apolo ayudó a Admeto con las fieras y éste se encargó de llevar el carro ante Pelías. Superada la prueba y con el visto bueno del monarca, Alcestes se convirtió en esposa de Admeto.

Pero, ante la alegría y la emoción de su triunfo, Admeto se olvidó de hacerle una ofrenda a Artemisa. Esta, indignada y ofendida por semejante descuido, convirtió la alcoba de la pareja real en un nido de serpientes. Asustado, el rey corrió en busca de su amigo Apolo. El dios le aconsejó que realizara un sacrificio a Artemisa cuanto antes. En cuanto finalizó el ritual, las serpientes desaparecieron como por arte de magia.

Después de un tiempo, las Moiras decidieron que era el momento de la muerte del rey Admeto. Y de nuevo éste volvió a recurrir a Apolo. El dios bajó al Inframundo y allí, mediante engaños y subterfugios, emborrachó a las tres hermanas para que cambiaran de idea. Pero su victoria no fue completa. Para que Admeto viviera, alguien debía ocupar su lugar. Fue su esposa Alcestes quien decidió sacrificarse por él, ocupando su puesto.

Al morir su amada esposa, Admeto perdió por completo las ganas de vivir, cayendo en una profunda tristeza que le impedía ejercer las funciones de gobierno. Y, otra vez, la suerte le sonreiría. Por una afortunada casualidad, Hércules que se encontraba de paso en la ciudad de Feras, se enteró de la trágica historia y decidió intervenir. Se dirigió a la tumba de Alcestes y se enfrentó al dios de la muerte Tánatos. Una vez que lo hubo vencido tras una terrible lucha, se llevó a la reina de vuelta a la tierra para reunirla con su esposo.

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Categorias: Mitologia griega


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