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Érebo, la oscuridad mitológica

El día y la noche, el bien y el mal, la luz y la oscuridad: binomios fundamentales de toda cosmovisión. Los antiguos griegos no son la excepción. En su extensa mitología existía una deidad primigenia, surgida del Caos, el mismo momento de la creación, y que representaba la oscuridad. Su nombre era Érebo.

Érebo o Erebus significaba “oscuridad”, “sombra”, y encarnaba las tinieblas que cubrían los ocultos rincones y regiones subterráneos del mundo con sus oscuras nubes de sombría densidad. Según la Teogonía del poeta Hesíodo, era hijo de Caos; para la tradición órfica, de Cronos y Anaké.

Hermano de la noche Nix, Érebo dejó muchos descendientes junto a ella: Hemera, el día; Éter, el cielo divino; Moros, el destino; Caronte, el viejo barquero del Hades; las Keres, diosas de la muerte violenta, y otras divinidades primordiales.

Se creía que su hermana Nix extendía las sombras de Érebo por el cielo, cubriendo la luz de Éter, y así permitir que la noche cayera sobre el mundo. Por otra parte, su hija Hemera quitaba la oscuridad para que Éter volviese a iluminarlo todo con su luz superior y traer el día.

Como sinónimo de tinieblas, con el tiempo Érebo fue asimilado al Hades, el mundo subterráneo, el inframundo. Se decía que el Érebo era el ignoto lugar por donde pasaban los difuntos luego de morir, similar al Purgatorio católico, para después ser trasladados por Caronte en su barca, entrar al propio inframundo y esperar la sentencia del tribunal del Hades.

El Érebo era además la residencia de Cerbero, el perro de tres cabezas, guardián del Hades, junto a Tánatos, las Erinias y los difuntos insepultos. El poeta Homero situaba al Érebo al final del Occidente. Hoy en día, el volcán más austral del mundo, ubicado en la Antártida, lleva el nombre de Erebus.

Foto vía: caliblue